23/ 04/ 2008

Para extraer el oro del Bierzo los romanos horadaron una cadena montañosa provocando trombas de agua, que transportaban por una red de canales de más de 600 kilómetros: un paisaje de impacto que hoy asombra a los visitantes. Con el homenaje del día 21, la Real Academia de Ingeniería anima a los ciudadanos a interesarse por este gigantesco "paisaje cultural fósil" que es Patrimonio de la Humanidad
A 20 km de Ponferrada, al noroeste de los Montes Aquilanos y junto al valle del río Sil se encuentran Las Médulas, el paisaje arqueológico elegido por la RAI para el homenaje de 2008. De este enclave, único en la Península Ibérica, el escritor romántico Enrique Gil y Carrasco escribió que "la tierra parecía profundamente atormentada" y que en su entorno "crecían los castaños silvestres."
Ambas circunstancias se deben a los romanos, que durante los siglos I y II d.C. convirtieron lo que era un yacimiento del Mioceno en lo que llegó a ser la mayor explotación de oro a cielo abierto de todo su Imperio. Para extraer entre 4.500 y 5.000 kg. del preciado metal tuvieron que remover casi 100 millones de metros cúbicos de conglomerado, cantos rodados, grava y arcilla, derrumbando las montañas por presión hidráulica. El resultado de su actividad minera fue una profunda huella física en 1.200 hectáreas de terreno, en los usos, costumbres y reordenación del territorio.
Los romanos sabían, según recoge Estrabón, que los habitantes de esta zona de la Península recogían oro mediante bateo. Sus prospecciones en el río Sil les llevaron a las montañas dónde sacar el preciado metal que necesitaba César Augusto para pagar los sueldos de los legionarios y la construcción de calzadas, acueductos, puentes...
Roma puso en marcha un impresionante plan que suponía el trasvase de agua, su almacenamiento y empleo para provocar el derrumbe por arrastre y presión. Según el historiador romano Floro, "toda ella es rica en oro, bórax, minio y otros productos colorantes. Por ello César ordenó que se explotase el suelo. Y de esta forma, trabajando penosamente bajo tierra los astures empezaron a conocer sus recursos y sus riquezas, buscándolas para otros".
La ingeniería militar se encargaba del trazado de los canales y de los trabajos técnicos de la mina, según cuenta Tácito. Las labores de construcción y mantenimiento quedaban para los esclavos y pobladores de la zona.
La tromba de agua hacía saltar por los aires la montaña
A través de canales o "corrugi" hacían llegar el agua desde los arroyos y los ríos de los Montes Aquilanos, y del Duero y del Sil. La almacenaban en "piscinae" en lo alto de las montañas, desde donde la arrojaban a través de una intrincada red de canales, pozos y galerías subterráneas comunicadas entre sí tanto vertical como horizontalmente, cuyo juego de estrechamientos y ensanchamientos aumentaba la presión sobre las paredes de la mina.
Plinio el Viejo lo cuenta así: "El procedimiento supera el trabajo de los gigantes; las montañas son minadas a lo largo de una gran extensión mediante galerías hechas a la luz de las lámparas (...) Su misma duración sirve para medir los turnos y por muchos meses no se ve la luz del día... Este tipo de explotación se denomina arrugia y de improviso se producen grietas y hacen perecer a los trabajadores (...) Acabado el trabajo de preparación, se derriban los apeos de las bóvedas de los más alejados; se anuncia el derrumbe y el vigía colocado en la cima de la montaña es el único que se da cuenta de él (...) La montaña, resquebrajada, se derrumba por sí misma, con un estruendo que no puede ser imaginado por la mente humana, así como un increíble desplazamiento de aire. Los mineros victoriosos contemplan el derrumbe de la Naturaleza (...) Las tierras (...) en la ruina montium o arrugia son transportadas por el agua. El oro obtenido mediante la arrugia no se funde sino que es oro al instante".
Las Médulas vivieron su mayor esplendor entre fines del siglo I y principios del II, en la época de Trajano. Su declive empezó en el 150 d.C., siendo abandonadas en el s.III. El olvido histórico hizo el resto, generándose un halo de misterio y de leyendas que han llegado hasta nuestros días: la Cueva de la Encantada, la ondina Caricea de la que se prendó el general romano T. Carisio o el rey Medulio, (de donde procede el topónimo del lugar) y la competición por obtener la mano de su hija Borenia
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